Viviendo a la sombra de Sol

A la hora de esbozar sus proyectos sobre los planos, pocas veces los arquitectos pueden augurar el éxito o el fracaso que padecerá un barrio o una determinada zona. Nadie conoce la fórmula del éxito. Es evidente que hay lugares en las ciudades capaces de brillar por sí solos. En Madrid hay unos cuantos. A otros les tocó el otro lado de la moneda, la cruz, el semi-anonimato. Hoy quiero reflexionar un poco sobre uno de ellos, la Plaza de Jacinto Benavente.

Vivir con una vecina de puerta tan apuesta y exuberante como la Puerta del Sol incomoda a cualquiera. Mientras la plaza del ‘kilómetro cero’ alimenta su ego entre flashes y artistas callejeros a muy pocos metros, la Plaza de Jacinto Benavente ha asumido su papel secundario de la función con mayor o menor resignación pero estoy convencido de que bajo su orgullo, en sus adentros, seguro que espera una segunda oportunidad. Igual que han tenido otros lugares como Fuencarral o Malasaña que ahora gozan de una excelente salud.

La plaza se construyó en los años 20 del siglo pasado, por lo que se puede decir que es medianamente nueva, a pesar de que la mala vida que ha llevado le haya hecho envejecer prematuramente. Una serie de derribos entorno a la Plazuela de la Aduana Vieja originó este espacio abierto que pese a vivir a las puertas de barrios de marcada personalidad como Lavapiés, La Latina o el Barrio de las Letras ha permanecido neutral, sin dejar contagiarse. Su privilegiada posición en el plano de la ciudad le hace ser un importante paso de tránsito de miles de viandantes día a día pero su estado de conservación no invita a ser contemplada, la gente la atraviesa sin detenerse a mirarla. Muda y reservada, se mantiene a la espera. Es un cruce de caminos, pero nada más.

No obstante, basta detenerse un momento para tratar de entender mejor el carácter de esta plaza. Uno de sus cuatro costados lo atraviesa la Calle Atocha en sus primeros números, cuando comienza a hacerse mayor. En el lado opuesto desemboca la Calle Carretas, de claro perfil comercial. Si hacemos un barrido panorámico a toda la plaza un elemento destaca por encima del gris predominante, el Teatro Calderón-Haagen Dazs. Es uno de los edificios más bonitos de Madrid tanto por su fachada exterior como por su interior pero envejece lamentándose no haber caído en gracia. Todo una prueba de lo que pudo ser esta plaza, y no fue. En diagonal, le observa mustio y apagado el Centro Gallego. Un enorme bloque que parece sacado de una localidad playera y que no encaja para nada en el conjunto de la plaza. Una aberración urbanística, tristona y de aspecto desolador, que ha contagiado a sus compañeros de foto.

El aumento de la prostitución en la zona y la presencia de gente de dudosas intenciones no es que sean aspectos que ayuden mucho a la reputación del lugar. El continuo vaivén de vehículos, sobre todo autobuses, tampoco. De todos modos, la sensación que me da es que el Ayuntamiento ha dado por completo la espalda a este punto de Madrid. Un lugar que podría ser muy aprovechable viendo la maravillosa ubicación que dispone. A escasos metros de los grandes atractivos de la ciudad como Sol, la Plaza Mayor, el Barrio de las Letras o La Latina, todo zonas que viven su enésima juventud, la Plaza de Jacinto Benavente camina de puntillas hacia un declive que no se merece.

Aún y con todo, bajo ese aspecto vetusto y cansado, yo, le sigo encontrando su encanto, diferente al de sus vecinas como la Plaza de Santa Ana o la Puerta del Sol, pero igual de válido. Tranquila, que para todos, vendrán tiempos mejores.

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